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¿Lo estamos haciendo bien?

Juan García Ruiz
July 31st, 2020 · 19 min read
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¿Por qué cambiar algo que funciona bien? En principio no hay ninguna razón para hacerlo. Pero ¿realmente nos planteamos si las cosas funcionan bien? Cuando uno llega nuevo a un sitio (por ejemplo, cuando uno se incorpora a un nuevo trabajo) lo más normal es observar cómo se comportan los demás y hacer las cosas de la misma forma, aceptando implícitamente la premisa de que lo que lleva un tiempo repitiéndose de la misma forma debería funcionar bien. ¿Qué ocurre si nadie (ni tú, ni el que llegó antes que tú, ni el anterior) se ha cuestionado nunca sobre el funcionamiento de las cosas? ¿Qué ocurre si se perpetúa una práctica que no tiene ningún fundamento?

Una forma de comprobar si un ratón tiene comportamientos depresivos es mediante la prueba de natación forzada. Este test consiste en introducir al animal en un recipiente estrecho lleno de agua en el que está obligado a nadar para sobrevivir, y cronometrar el tiempo que tarda en rendirse. Se supone que los ratones depresivos tardan menos tiempo en rendirse que aquellos con un estado de ánimo normal. Una de las aplicaciones de esta prueba es el estudio de la eficacia de los antidepresivos, aunque también se ha utilizado para validar modelos animales de depresión (por ejemplo, para comprobar si cierta mutación genética esta relacionada con la depresión, se efectúa este test y se comparan los resultados con aquellos obtenidos con animales sin la mutación). Sin embargo, durante los últimos años el uso de este test ha comenzado a generar controversia por varias razones (Reardon, 2019). Por una parte, el cese del movimiento de los ratones puede dar lugar a varias interpretaciones: los ratones podrían en efecto estar demasiado desalentados como para seguir nadando tal y como se propone inicialmente, pero también es posible que haya un aprendizaje y los animales sepan que tras parar de nadar el experimentador los retirará del agua. Por otra parte, los resultados del uso de esta prueba para el estudio de antidepresivos son inconsistentes y no funcionan para todos los tipos de medicamento. Por último, según la organización estadounidense PETA (Personas por el Trato Ético de los Animales, del inglés People for the Ethical Treatment of Animals) no hay ninguna razón para usar esta prueba desde un punto de vista ético puesto que genera miedo, ansiedad y depresión en los animales.

Este ejemplo sirve para ilustrar una doble problemática. En primer lugar: ¿son los animales buenos modelos para estudiar la psicología humana? Y en segundo lugar: ¿necesitan revisión los test comportamentales? En el presente artículo se tratará de abordar ambas cuestiones. El objetivo no es criticar los modelos animales ni los test actuales, sino una vez más invitar a la reflexión y a cuestionarse las cosas que damos por buenas por defecto.

¿Animales casi humanos?

Nadie pone en duda la validez de los modelos animales cuando se utilizan para estudiar la genética, los mecanismos moleculares o los procesos bioquímicos, puesto que según la teoría de la evolución todas las especies poseemos un ancestro común. Con el paso del tiempo las especies divergen, pero hay una porción importante de genes que se conservan. De esta forma, las reacciones más básicas y las actividades celulares más importantes (como el ciclo celular o el metabolismo) son muy similares en especies muy distintas, y es posible estudiar modelos simples como la levadura para entender organismos complejos como el del ser humano (Alberts, Bray, Hopkin, Johnson, & Lewis, 2010).

No han sido pocas las contribuciones de los modelos animales a la medicina. Por mencionar tan solo algunas de las más conocidas, les debemos las anestesias, los inhaladores para el asma, las vacunas contra la tuberculosis y el virus del papiloma humano, el desarrollo de antipalúdicos para tratar la malaria, el tratamiento de insulina para frenar la diabetes, y la erradicación de la viruela en el mundo (Bedwell, 2016).

Los animales también han supuesto un avance en el ámbito de la neurociencia, ya que nos han ayudado a comprender mejor la memoria (efecto de ciertos estimulantes, de la glucosa o de la enzima calpaína, por ejemplo), la amnesia retrógrada, el papel de los canales de calcio en la actividad neurológica, y la función de regiones cerebrales o de diferentes redes neuronales (Bedwell, 2016). Sin embargo, en lo que respecta a la psicología, el uso de animales hace brotar las dudas. ¿Es posible utilizar modelos animales para entender la psicología humana?

Tomemos como ejemplo los criterios diagnósticos del DSM-5 (quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, del inglés Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) del trastorno depresivo mayor. Los síntomas principales para el diagnóstico son el estado de ánimo depresivo la mayor parte del día, y una disminución del placer en casi todas las actividades que se realizan. Otros criterios son la pérdida de peso, el insomnio, los sentimientos de inutilidad o de culpa, la disminución de la capacidad de concentración o los pensamientos suicidas (American Psychiatric Association, 2013). El trastorno depresivo mayor es complejo y algunas de sus características principales son de naturaleza humanas (por el momento nadie ha demostrado que un ratón pueda tener sentimientos de culpa o pensamientos suicidas). Además, la esfera social y cultural del ser humano pueden influir notablemente en la gravedad del trastorno, y esto no es fácil de representar utilizando modelos animales.

Lo primero que hay que entender es que los modelos animales no representan la anatomía, la fisiología ni la psicología humana en su totalidad. La neurociencia se interesa por el comportamiento y por la anatomía y fisiología del sistema nervioso del que depende la conducta. No solo nos alejamos de los animales en términos de comportamiento (por ejemplo al tratar de desarrollar un modelo de depresión o de Alzheimer en ratones), sino también en términos de anatomía. La corteza prefrontal es una región cerebral mucho más desarrollada en humanos que en animales (Bedwell, 2016), por lo que las conclusiones sobre la anatomía o la función de la misma deben elaborarse con cierta distancia. Aunque el nivel de complejidad no sea el mismo, se han encontrado regiones equivalentes o similares a la corteza frontal tanto en roedores como en primates, por lo que su estudio no dejará de ser informativo. Según Bedwell (2016), el uso de los animales debe privilegiarse en los estudios anatómicos, fisiológicos, conductuales y cognitivos. El papel de estos modelos en aspectos más puramente psicológicos y sociales es mucho menor.

¿Cómo se desarrolla y valida un modelo animal?

Los modelos animales existentes no son el resultado de una decisión irreflexiva, sino de un proceso razonado con múltiples etapas de validación. En primer lugar, hay que pasar por una etapa de definición de los objetivos: ¿qué se pretende estudiar? Por lo general se busca aumentar el conocimiento con respecto a una patología para pasar de los estudios preclínicos en animales a los estudios clínicos en humanos. También es posible que el objetivo sea únicamente mejorar la comprensión de los mecanismos que subyacen a un comportamiento normal o patológico. La definición explícita de la finalidad permite a su vez el establecimiento de los criterios para la posterior evaluación del modelo. Tratar de representar una patología en su totalidad con un animal es un objetivo poco realista. Estamos obligados a concentrarnos en determinados aspectos de la patología, lo que no deja de ser informativo.

En segundo lugar, hay que construir el modelo y evaluarlo. La evaluación debe ser de carácter ético (¿el uso de tal modelo se justifica desde un punto de vista ético?) y científico. La evaluación científica se lleva a cabo comprobando los criterios establecidos al definir los objetivos (por ejemplo, para que un ratón sea un buen modelo de Alzheimer uno de los requisitos es que haya degeneración neuronal en ciertas regiones, ¿es el caso?). También han de estudiarse una serie de parámetros como la replicabilidad y la reproducibilidad del modelo, así como su validez aparente, de constructo, y externa.

Aclaración: el concepto de validez, en general, se refiere al grado de concordancia entre el modelo y lo que pretende representar. La validez aparente consiste en el grado de similaridad entre una característica o comportamiento determinados en el modelo animal y la misma característica o comportamiento en el humano (por ejemplo, el humano posee una estructura cerebral relacionada con la memoria llamada hipocampo, y los ratones poseen esta misma estructura con la misma función). La validez de constructo define el grado de similaridad entre los mecanismos que subyacen a una característica o comportamiento en el modelo y los mismos mecanismos en el humano (¿hasta qué punto un ratón que sirve como modelo de depresión está representando la depresión tal y como la entendemos?). La validez externa es la capacidad de generalizar los resultados obtenidos con un modelo animal determinado, aplicándolos a otras especies o a la misma especie pero en otros contextos (¿es aplicable a la esquizofrenia humana lo que hemos aprendido con los modelos de esquizofrenia en ratas?) La replicabilidad y la reproducibilidad hacen referencia a la consistencia de los parámetros medidos en el modelo animal (por ejemplo, superficie de tejido nervioso presentando neurodegeneración) cuando se repiten las medidas en el mismo contexto (mismo laboratorio) o en un contexto diferente (laboratorio diferente), respectivamente.

No existe consenso sobre el peso que hay que darle a los diferentes parámetros a la hora de elaborar un modelo animal. Por lo general, se busca que haya una buena validez de constructo puesto que su ausencia invalida automáticamente el uso del modelo animal. También es importante que exista una buena validez interna (los resultados son replicables y los instrumentos de medida fiables) y externa (si los resultados obtenidos no pueden aplicarse a otras especies como la humana, ¿cual es el sentido de la investigación?). No es tan importante la validez aparente, puesto que en ocasiones diferentes regiones cerebrales cumplen una misma función, por lo que el hecho de que no se trate de la misma anatomía no invalida por completo el modelo animal.

Dicho todo esto, parece claro que el desarrollo de un modelo, sea para enfermedades como el cáncer o para aspectos de la psicología humana, nos da una serie de garantías dado que su validación requiere el franqueamiento de numerosos filtros. Con el fin de dar al lector una perspectiva menos teórica y más personal, hemos charlado con un miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Alemania y de la Real Academia de Ciencias de Bélgica, quien además es profesor en la Universidad Paul Sabatier III de Toulouse y fundador del CRCA (Centro de Investigación sobre la Cognición Animal, del francés Centre de Recherches sur la Cognition Animale) en la misma ciudad. El doctor Giurfa estudia el aprendizaje y la memoria en insectos como la abeja, el abejorro y la mosca, por lo que tiene mucho que contar sobre las posibilidades que ofrecen otras especies para entender la nuestra.

Juan García Ruiz ¿Cuántos años lleva en el mundo de la investigación?

Martin Giurfa: Me doctoré en 1990, y ya venía investigando desde la licenciatura en Ciencias Biológicas, así que podemos decir unos 35 años aproximadamente.  

JGR: ¿Cuál es exactamente su objeto de estudio actual?

MG: Tengo muchísimas preguntas que van desde lo molecular hasta lo comportamental. Todas pueden reducirse a la pregunta general: cómo circuitos cerebrales simples (en términos de cantidad de neuronas, y no necesariamente de nivel de sofisticación en el tratamiento de la información y/o conectividad) pueden generar no solamente aprendizajes y memorias variadas, sino también tratamientos cognitivos de alto nivel. Para esto utilizo insectos como modelos de estudio, y en particular a la abeja doméstica, por sus notables capacidades de aprendizaje y memoria y sus facultades probadas de aprendizajes de orden superior (aprendizaje de conceptos, categorización, sentido numérico…).

JGR: ¿Qué pueden enseñarnos los insectos sobre nuestra cognición?

MG: Ciertas especies como las abejas poseen en forma probada ciertas capacidades que hasta un tiempo se creían una prerrogativa del ser humano o eventualmente de algunos primates. La gran ventaja que estos animales presentan es la accesibilidad de su cerebro para lo cual se dispone de numerosas técnicas invasivas que permiten registrar en vivo la actividad de neuronas simples o de poblaciones neuronales mientras el animal aprende y memoriza. Así, uno puede localizar más fácilmente los circuitos responsables de una capacidad de interés entre 950 000 neuronas (presentes en el cerebro de una abeja) que en 80 mil millones de neuronas presentes en nuestro cerebro. Estadísticamente, al menos, es una apuesta que se defiende claramente. 

JGR: Además de la investigar, usted imparte clases de metodología experimental. Como experto en este campo, ¿cuál es su opinión con respecto al uso de modelos animales en ciencia?

MG: El uso de modelos animales es fundamental para la biología experimental. Ciertas enseñanzas se pueden reemplazar por modelizaciones, pero la biología experimental requiere necesariamente el contacto con la materia viva. No entiendo a la biología sin este contacto. Tanto para el desarrollo de vacunas como para responder a problemáticas ambientales es necesario el acceso a modelos animales. ¿Cómo sabríamos por ejemplo si, como se declara a diestra y siniestra, una causa fundamental de la desaparición masiva de las abejas en el mundo actual se debe al uso indiscriminado de pesticidas sin estudiar la acción de estos pesticidas sobre el sistema nervioso y el comportamiento de estos insectos? Sin experimentación viviríamos en un mundo de especulación, lo cual es lo más opuesto posible a la profesión de científico. 

JGR: Nadie duda de la validez de los animales como modelos de biología básica. ¿Cree que también son buenos modelos de comportamientos más complejos relacionados con la psicología humana?

MG: La respuesta es un sí definitivo. Actualmente el subsidio ERC Advanced Grant para investigador Senior que poseo se articula precisamente alrededor de esta cuestión: determinar los substratos neuronales de capacidades de orden superior en el cerebro de las abejas con el objeto de proponer modelos neuronales extensibles a otras especies. 

JGR: Usted sabe que hay diversos tipos de aprendizaje de diferente complejidad, como el aprendizaje por condicionamiento clásico, la imitación o el aprendizaje social. De la misma forma, existen múltiples tipos de memoria, como la semántica o la episódica. ¿Cree que los modelos animales nos permiten abordar todos los niveles de complejidad de la cognición?

MG: Sería muy aventurado afirmar que es posible acceder a todos estos niveles en modelos animales, ante la ausencia de paradigmas que lo demuestren. La experiencia demuestra sin embargo que la adaptación de protocolos a diferentes especies arroja resultados que sorprenden: muchas capacidades que se creían exclusivas del ser humano estaban allí, esperando ser develadas. Semántica en primates, memoria episódica en pájaros o abstracción de conceptos en abejas. La lista es interminable. Existen trabajos de altísimo nivel que han realizado los controles necesarios para afirmar que se habla efectivamente de lo que se conoce como tal. De algún modo, lo que estos trabajos muestran es que finalmente no somos tan especiales como creemos. Si hay una línea divisoria entre el ser humano y los animales, ésta no pasa necesariamente por las diferentes formas de plasticidad comportamental que se conocen hoy en día. 

JGR: ¿Cuáles son los límites de los modelos animales a la hora de estudiar aspectos esencialmente humanos?

MG: Los animales no hablan; esa es una limitación fundamental. No pueden reportar experiencias y/o emociones antes, durante o después de una experiencia. Nos vemos obligados a inferir estas experiencias a partir del comportamiento. Por eso es importante recordar, por ejemplo, que nadie puede medir la memoria en un animal. Lo que se mide es el comportamiento del animal, y a partir de allí se infiere su memoria. Esta limitación es esencial para preguntas relacionadas con estados emocionales que pueden tornarse circulares si no están bien acotadas. ¿Sienten alegría y miedo los animales? ¿Sufren?

JGR: ¿Qué precauciones deberíamos tomar a la hora de interpretar los datos obtenidos con modelos animales para evitar una antropomorfización excesiva en el ámbito de la neurociencia?

MG: Un punto que me parece esencial es el conocimiento biológico de la especie de estudio. Cuesta más antropomorfizar si se conoce a fondo la biología de la especie, sus diferentes estados motivacionales y contextos comportamentales. Sin este conocimiento, el experimento puede estar falseado terriblemente desde el inicio. Conocer estos aspectos y no perderlos de vista en la concepción de experimentos ayuda a evitar reemplazar nuestra ignorancia por la tendencia a explicar lo que no sabemos en función de nuestra propia visión del mundo. “Piensa como tu modelo de estudio” sería una buena receta, a pesar de la imposibilidad práctica de alcanzar tal objetivo. Aun así, intentarlo al máximo siempre vendrá bien. 

JGR: Algunos modelos animales de enfermedades neurodegenerativas (Alzheimer, ELA, Parkinson) consisten en generar una mutación en un gen determinado. En el caso del trastorno depresivo, los modelos también se consiguen mediante la mutación de un gen. Estos modelos nos han enseñado y nos enseñarán mucho, pero tratándose de una sola mutación ¿hasta qué punto cree que podemos hablar libremente de la enfermedad X o del trastorno Y en nuestras conclusiones? 

MG: Cuando se emplean expresiones de ese tipo, se trata evidentemente de una especie de atajo idiomático. Por ejemplo, no existe un modelo roedor de la enfermedad de Alzheimer. Existen, si, muchas cepas de roedores que desarrollan diferentes aspectos de la enfermedad de Alzheimer. El investigador tiene por lo general claro este aspecto. El problema aparece cuando el afán de “vender el producto” hace que se olvide que se trata de un atajo y se intenta presentar un descubrimiento puntual como la panacea para una disfunción compleja. En este caso la persona en cuestión debería ser “llamada al orden”, ya que la ciencia depende también en gran medida de la crítica bien intencionada. 

JGR: ¿Qué obstáculos cree que debemos superar para lograr modelos más rigurosos o interpretaciones más exactas?

MG: No existe una receta única, y quien afirme tenerla probablemente peque de soberbio. Algunos dirán evitar visiones antropomórficas y tendrán razón; otros dirán adoptar el principio de las explicaciones más simples posibles (navaja de Ockham). Sin embargo, la simplicidad puede ser a veces engañosa por seductiva. Lo que sí es innegable es que el principio de la replicación de las experiencias es una condición sine qua non para una ciencia rigurosa. La presión actual por publicar a toda costa que lleva a los científicos a obviar controles o a reducir las experiencias a tamaños de muestra mínimos, debe ser evitada.  

JGR: Como investigador con no pocos años de experiencia, ¿qué mensaje le gustaría hacer llegar a los futuros científicos?

MG: Que no hay que bajar nunca los brazos. Tenemos la suerte excepcional de trabajar y de que se nos pague por aquello que es (o debería ser) nuestra pasión; de modo que a pesar de que el camino es difícil, y en estos últimos años es innegable que se ha puesto más competitivo, más excluyente y con menos oportunidades para cantidad de jóvenes excepcionales que se aferran a la ciencia, siempre hay una luz al final del túnel si se pelea. Los invito a mantener la pelea por el conocimiento. Los grandes descubrimientos no los logran necesariamente los científicos mayores, sino los jóvenes con todo el empuje de su juventud. 

Estudio del comportamiento

Una vez discutida la validez de los modelos animales para entender la psicología humana, queda otra pregunta por responder: ¿son fiables las pruebas a las que sometemos a los animales?

Aclaración: la fiabilidad de un test hace referencia a la calidad y consistencia de sus medidas. Por ejemplo, si disponemos de cinco vasos llenos de la misma agua a la misma temperatura y utilizamos el mismo termómetro para medirla, ¿hasta qué punto la medida es similar? Si la dispersión de las medidas es demasiado elevada podemos decir que el termómetro es poco fiable, y viceversa. En el caso de los test conductuales habría que añadir una segunda noción: ¿hasta qué punto miden lo que dicen medir?

Retomando el ejemplo de la prueba de natación forzada descrita al pie del artículo, hemos visto que cabían varias interpretaciones. Este test es utilizado como medida de los comportamientos depresivos, aludiendo al hecho de que los ratones que nadan están suficientemente motivados como para luchar por su vida, y aquellos que permanecen inmóviles muestran un desánimo característico de la depresión. Además de la interpretación del aprendizaje, que propone que los ratones aprenden que se les retirará del agua tan pronto como dejen de moverse, se han propuesto otras alternativas. Según Anyan & Amir (2017), la depresión y la ansiedad son patologías con una gran comorbilidad (la mayoría de casos de depresión se ven acompañados de ansiedad, y viceversa). Uno de los modelos animales de depresión es un ratón con una mutación en un gen que codifica la proteína 5-HT, un receptor de la serotonina. Una de las características de estos ratones es su elevada ansiedad, que se asocia a una disminución de la actividad locomotora: los ratones más ansiosos tienden a ser menos curiosos y a explorar menos su entorno. En este sentido, otra posibilidad para interpretar la inmobilidad de estos ratones es la disminución de la actividad locomotora asociada a la mutación (en lugar de la depresión). De la misma forma, otro de los modelos animales de depresión es un ratón con una mutación en el receptor 5-HT1A de la serotonina. Estos ratones presentan igualmente una ansiedad elevada, pero además no presentan la inmovilidad que se esperaría en la prueba de natación forzada. El hecho de que estos ratones continúen nadando más tiempo puede explicarse como una consecuencia del aumento de la ansiedad que incrementa su desesperación por salir del recipiente con agua.

La prueba de natación forzada es la más utilizada para estudiar los comportamientos depresivos, y sin embargo la interpretación del comportamiento de huida y de inmobilidad no está del todo clara. Estando tan extendido el uso de este y otros muchos test, se hace necesaria una revisión de los mismos para conseguir un mayor consenso en las conclusiones.

Para dar una visión más real de la actualidad de los test conductuales, hemos charlado con el doctor en neurociencias Cédrick Florian, quien actualmente compagina la actividad investigadora con la docente, impartiendo clases en el master de Neurociencias Comportamentales y Cognición en la Universidad Paul Sabatier III de Toulouse.

Juan García Ruiz: ¿Cuánto tiempo lleva en el mundo de la investigación?

Cédrick Florian: Contando con la tesis, el postdoctorado y mi puesto de investigador actual, 18 años.

JGR: ¿Cuál es exactamente su objeto de estudio actual?

CF: Actualmente estudio la regulación de la expresión de genes relacionados con la consolidación de la memoria en ratones. Trabajo con ratones desde que hice mis primeras prácticas. El ratón es el modelo genético por excelencia para interesarse por múltiples patologías. Se trata de un modelo interesante ya que como nosotros es un mamífero, posee estructuras cerebrales similares a las del hombre y capacidades de aprendizaje y memorización igualmente próximas. Además, es fácil de utilizar y es posible hacer estudios invasivos, lo que resulta imposible al trabajar con humanos. Actualmente utilizo un modelo genético de ratón que no expresa la proteína de interés, llamada Sin3A. No obstante, me encuentro en pleno desarrollo de un nuevo modelo que permitirá, mediante el uso de vectores virales, no solo inactivar Sin3A en las estructuras específicas de la memoria, sino además poder elegir el momento en el que se hace tras el aprendizaje de los ratones.

JGR: ¿Cuáles son los test que utiliza para estudiar la memoria en los ratones?

CF: La mayoría de los test que utilizo permiten estudiar las memorias dependientes del hipocampo, como el laberinto acuático de Morris (memoria espacial) o el test de localización de objetos (aprendizaje espacial). No obstante, también utilizo algunos test para interesarme por las memorias no dependientes del hipocampo, como el reconocimiento de objetos.

JGR: ¿Existe un consenso en la utilización de test entre laboratorios?

CF: Existe un consenso en lo concerniente a los test que se utilizan. Sin embargo, cuando nos interesamos por el comportamiento de los ratones o de otros modelos animales, no solo es importante qué test se utiliza, sino también qué procedimiento se aplica. La forma de aplicar los test es el punto crucial, y esto puede variar en función de la pregunta a la que se intenta responder. Por ejemplo, ciertos laboratorios aplicarán un test de forma intensiva durante un día, y otros tantos lo harán de forma distribuída en diferentes días. En este sentido sí que puede haber discordancia entra laboratorios, pero se trata de una discordancia justificada ya que las hipótesis de partida también son diferentes y tan solo tratan de adaptar los test.

JGR: ¿Le resulta adecuada la repetibilidad y la reproducibilidad de los resultados entre laboratorios ante una misma pregunta?

CF: Depende, pero por lo general sí. Si el procedimiento y las condiciones son los mismos, los resultados son más o menos los mismos. Pero incluso aplicando el mismo procedimiento en las mismas condiciones es posible encontrar resultados diferentes (no necesariamente contradictorios). Por otra parte, también está el papel del experimentador y la variabilidad ligada a la forma de cada uno de aplicar los test. Por eso los laboratorios tratan de que el experimentador que aplica los test para responder a una pregunta determinada sea el mismo. Cuanto más experimentados son los científicos, menores son las desviaciones entre los resultados. No obstante, la variación ligada al experimentador es mínima y si los resultados son consistentes, como mínimo irán en el mismo sentido. 

JGR: Los test comportamentales nos permiten sacar conclusiones sobre la cognición y el estado emocional de los animales. ¿Puede todo el mundo crear test?

CF: Es necesario tener una buena base en comportamiento animal. Por ejemplo, en el CBI (Centro de Biología Integrativa) hemos creado una plataforma de comportamiento y hemos contratado a un ingeniero, Sébastien Lopez, experto en comportamiento que conoce las reacciones de los animales y sabe cómo elaborar y poner en marcha los test. En cuanto a la evaluación de los mismos, no existe un comité de expertos dedicado especialmente a dicha tarea, pero sí que pasan diversos controles. Cuando Morris sacó a la luz el test del laberinto acuático recibió muchas críticas por parte de la comunidad científica. Por lo tanto, aunque no exista dicho comité, los test son sometidos al juicio profesional del resto de los investigadores. Por otra parte, antes de sacar un test a la luz, el experto debe asegurarse de que permite efectivamente responder a la pregunta planteada.

JGR: Algunos test pueden generar cierta polémica en lo concerniente a su interpretación. ¿En qué medida podemos estar seguros de que los test miden lo que se supone que miden?

CF: Nunca podemos estar seguros al cien por cien. Siempre interpretamos los comportamientos y siempre hay un resquicio de duda. Este resquicio de duda disminuye a medida que vamos conociendo el modelo animal con el que trabajamos. Pero sí que es cierto que podemos llegar a conclusiones que no son completamente ciertas. Por ejemplo, en la prueba de natación forzada un animal que se para puede estar deprimido pero también cansado, o quizá ha comprendido que si se deja de nadar el experimentador lo sacará del agua. Nunca podemos estar del todo seguros de lo que está ocurriendo. Por ello, cuando nos interesamos por un aspecto, como la depresión o la memoria, pasamos una batería de test y no nos limitamos a uno solo.

JGR: ¿Hay revisiones de los test a largo plazo?

CF: Sí. Verificamos su eficacia cada vez que los utilizamos gracias al uso de grupos control. Normalmente todos los test que se utilizan han sido validados y revalidados y se ha establecido claramente en qué situaciones pueden ser utilizados. Existen especialistas dedicados a esto.

JGR: ¿Hay algún test que le suscite algunas dudas en cuanto a su validez?

CF: Algunos comportamientos son más simples que otros. Por ejemplo, en la piscina de Morris no hay duda de que los ratones nadan en el recipiente hasta encontrar una plataforma cuya localización han visto previamente. Si un ratón no consigue encontrarla, podemos sacar conclusiones acerca de su memoria. Sin embargo, otros comportamientos son más delicados, como en el caso de la exploración de objetos. En ocasiones ratones que exploran dos objetos durante mucho tiempo son incapaces de reconocer un objeto diferente a estos, mientras que ratones que han explorado durante mucho menos tiempo son perfectamente capaces de identificar un nuevo objeto. Lo esperado sería lo inverso: cuanto más nos exponemos a un estímulo, más deberíamos memorizarlo. El problema es que no sabemos exactamente qué informaciones extraen los ratones cuando exploran los objetos. A veces no es una cuestión de tiempo, sino de la distancia a la que se encuentran de los objetos. Algunos test son muy difíciles de interpretar ya que las condiciones cambian constantemente y se nos escapan factores.

JGR: ¿Le gustaría compartir un mensaje con los futuros y actuales investigadores?

CF: No cedáis nunca a lo fácil. No tratéis de buscar atajos a la hora de interpretar ni saquéis conclusiones rápidas. Cuando los protocolos no se elaboran adecuadamente, las conclusiones pueden ir en todos los sentidos. Controlad bien todos los parámetros con los que trabajéis y haced varios test para estar seguros de vuestros resultados. Y sobre todo, cualquiera no puede dedicarse al comportamiento animal: es necesario conocer bien los modelos con los que trabajamos y hay que tratar de pensar como el animal.

Mensaje para llevarse a casa

Los animales pueden enseñarnos mucho sobre nuestra anatomía, fisiología, conducta, e incluso psicología. Los modelos animales que se utilizan para el estudio de aspectos cognitivos y psicológicos complejos y esencialmente humanos son aproximaciones que nos ayudan a comprender mejor una parte de dichos aspectos, y no pretenden simular la totalidad de los mismos. Los modelos animales existentes son sólidos puesto que todos ellos han pasado una serie de filtros y han sido validados por expertos. Animales aparentemente muy diferentes a nosotros como los insectos son capaces de realizar aprendizajes de orden superior y son por lo tanto muy informativos para entender la cognición y la psicología humana.

Los test comportamentales se utilizan para aprender sobre la cognición y emoción de los animales. Es importante entender que la elaboración, aplicación y la interpretación de los test debe ser llevada a cabo por expertos en el comportamiento animal con el fin de evitar los sesgos y las conclusiones equivocadas. Las pruebas comportamentales no deben tomarse como un examen de matemáticas con una única respuesta correcta, sino como experiencias, fruto del ingenio de expertos, que requieren ciertos razonamiento, ejecución motora y otras acciones por parte de los animales. A través del comportamiento observable es posible extraer información e inferir conclusiones.

Cuando un artículo afirma haber encontrado la cura para una enfermedad o un método para mejorar la memoria, es importante hacerse preguntas acerca del modelo animal que han empleado para llegar a tales conclusiones, qué test han empleado, de qué forma los han aplicado, y hasta qué punto lo que dicen es una interpretación exagerada. En definitiva, es importante preguntarse el por qué de las cosas.

¿Lo estamos haciendo bien? En cualquier caso, lo estamos haciendo lo mejor que podemos.

Alberts, B., Bray, D., Hopkin, K., Johnson, A., & Lewis, J. (2010). Essential Cell Biology (3.a ed.). Nueva York, Estados Unidos: Garland Science.

American Psychiatric Association. (2013). Depressive Disorders. In Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.).

Anyan, J., & Amir, S. (2017). Too Depressed to Swim or Too Afraid to Stop? A Reinterpretation of the Forced Swim Test as a Measure of Anxiety-Like Behavior. Neuropsychopharmacology, 43(5), 931-933. Fuente

Bedwell, S. (2016). Opinion: Why research using animals is important in psychology | The Psychologist. Recuperado 2 de agosto de 2020. Fuente

Reardon, S. (2019). Depression researchers rethink popular mouse swim tests. Nature, 571(7766), 456-457. Fuente

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